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La ciudad es de todos

“La verdad es que la ciudad hoy en día ya no es de todos, por desgracia, la sociedad se ha encargado de ir fragmentando la vivencia de la urbe. Cuando digo vivencia me refiero a esa cotidianidad perdida y nostálgica que construía ciudades amables, caminables, sociales, democráticas, en fin, aquella ciudad en la que cualquiera quisiera vivir.”

Paulo Mendes da Rocha. Arquitecto y urbanista brasileño.

 

¿De quién es la ciudad?

¿De los ricos del pueblo, poseedores de la tierra en la ciudad que solo especulan deleitándose en ver crecer el valor de sus propiedades mientras la ciudad se desparrama y las vidas de miles se desquician obligados a vivir en las afueras?

¿O de los alcaldes y ayuntamientos que deciden por cuenta propia el futuro de la ciudad privilegiando sus intereses y los de sus compadres, al margen de lo que es bueno para todos?

¿O de los planeadores y directores de obra que trabajan exclusivamente para la minoría de conductores propietarios de autos que nos paseamos molestos por todo aquello que nos detenga, sean semáforos, peatones, autobuses o ciclistas, ignorantes de lo que es una ciudad amable, caminable, social, democrática y humana, funcionarios que sin que nada parezca detenerlos, siguen asfaltando o encementando la ciudad a diestra y siniestra dividiéndola y fragmentándola, en una apuesta por una movilidad elitista e insostenible de transporte en automóvil olvidándose de todo lo demás?

“Es imposible hablar de arquitectura y urbanismo sin pensar en combatir la miseria” nos dice Paulo Mendes.

¿O de los desarrolladores de vivienda que siguen construyendo urbanizaciones cerradas para los ricos y lejanas y aisladas para los pobres, todas ayunas de servicios y equipamiento, distantes del corazón de la ciudad donde late la vida en común y el gozo de compartir las raíces, la cultura, la diversidad o simplemente vivirla con el gusto y la familiaridad con la habitamos nuestro hogar?

Mueve a la reflexión lo que nos dice Paulo Mendes en torno a estas urbanizaciones cerradas:

“Una calle de barrio exclusivamente residencial a las cinco de la tarde es una cosa horrible. Solo hay ladridos de perros detrás de los muros, portones cerrados y la calle desierta. Por lo tanto lo que el enriquecimiento produce en el sujeto explotador de la ciudad es la necesidad de abandonarla. -La mayor virtud de la escuela no está en sus pisos encerados o en una profesora, está en el hecho de ir a la escuela andando o en el metro para que se establezca la iniciación en la vida pública de ese joven. -La avenida, construida para transportar mercancías se llena de idiotas que dicen vivir en una urbanización privada. ¿Privada de qué? Es privada porque es privativa: les pertenece solo a ellos. Pero también les priva de muchas cosas, como de que el estudiante de medicina se pueda enamorar de una bailarina.- Eso no sucede en una urbanización privada”.

Llevamos años predicando en el desierto, ríos de tinta perdidos en los diarios, pláticas, presentaciones, foros, simposios, cursos y talleres que chocan con la aridez, dureza e ineptitud de las mentes de nuestros alcaldes y autoridades, para quienes una ciudad humana sigue siendo un concepto lejano, quijotesco, utópico e improbable de soñadores ingenuos y molestos que no entendemos los “refinamientos” de la política y las razones por las cuales los dineros tienen que llegar a parar en obras y proyectos absurdos o diluirse escandalosamente en sus bolsillos, salvo las muy honrosas excepciones que deberían ser la regla, y siguen construyendo con los mismos patrones y paradigmas que ya son obsoletos en muchas de las ciudades que han despertado a los modelos que plantea el nuevo urbanismo.

Como ciudadanos debemos crear, junto con los institutos o departamentos de planeación de nuestros municipios, una visión de lo que debiera ser nuestra ciudad: acotada, cercana, caminable, bicicleteable, densificada, mixta, abierta, social, pública, democrática, bella e incluso divertida. Una visión muy diferente a lo que vivimos y se construye actualmente, una visión que debiéramos compartir como un sueño colectivo y por la cual luchar a través de organizaciones e instancias a nuestro alcance para que, de la mano de las autoridades la vayamos construyendo día a día y hagamos valer lo que propone Paulo Mendes en el título de su más reciente libro: La ciudad es de todos.

Javier Hinojosa

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