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El bullying y el poder de la Palabra

 

“La tarea central es que todos los niños puedan apropiarse de la palabra, encontrar su voz, construir la palabra oral y escrita, acercarse a su intimidad, arrebatar los medios de reproducción de la palabra escrita y de la comunicación a los poderosos que la monopolizan y acaparan, hacerla llegar a todos placenteramente, descubriendo por esa vía la peculiar relación juego-trabajo, trabajo-juego.”

Celestin Freinet, maestro rural y pedagogo francés.

 

Cuando platicaba con mi sobrino Luis Pablo a sus 12 años de edad me sorprendían las anécdotas de su escuela primaria en la Ciudad de México, una escuela centrada en otras prioridades inspirada en las enseñanzas del pedagogo francés Celestin Freinet. Me contaba por ejemplo, como se reunían los alumnos con los maestros y el director José de Tapia Bujalance, un refugiado español seguidor de las enseñanzas de Freinet, en una asamblea semanal en la que, de manera ordenada los alumnos tomaban la palabra para comentar, discutir, criticar e incluso enjuiciar a alumnos y maestros, (el maestro Pepe incluido); me relataba el entusiasmo con el que esperaban el inicio de éstas y como preparaban sus argumentos para convencer a los demás, realizar sus ideas, cumplir sus expectativas, intervenir en las decisiones grupales, ayudar a algún compañero, obtener reconocimiento o simplemente participar y obtener una disculpa. Las opiniones vertidas en estas asambleas eran muchas veces publicadas en una rústica imprenta que tenían en la escuela para ser compartidas por todos y las conclusiones se llevaban a cabo enriqueciendo la gestión escolar.

Me contaba también como en el patio tenían un pequeño buzón de madera que llamaban la “cajita misteriosa”, donde los niños podían depositar en cualquier momento papelitos con peticiones, felicitaciones, deseos, críticas o preguntas. Cada participación debía de estar firmada, y redactada con respeto y pertinencia, para que pudiera leerse públicamente, me decía: “todos sabíamos que tomar la palabra era una experiencia formativa y un acto de responsabilidad y práctica de valores éticos y cívicos. Los papelitos los leíamos ante la asamblea semanal de la primaria en donde un grupo de niños, electos por la mayoría, dirigía la reunión”

Todos sabemos que la vida no es fácil, todos hemos sido de una u otra manera víctimas del acoso en algún momento de nuestras vidas y seguramente imagesCASV59G1hemos salido fortalecidos de estas experiencias dolorosas, hay mucho que aprender de Freinet y del maestro Pepe. Es extraño que siendo este un problema que se suscita entre niños, las acciones que propone la SEP para combatirlo apenas los involucre. Estos eventos pueden servir de punto de partida para que, desde la infancia, en las aulas, nuestros hijos vayan aprendiendo a hacer uso de la palabra. Los niños (y los adultos) acosadores se escudan en el silencio que el miedo provoca en los acosados, en gran medida este acoso es una forma mal dirigida de mostrar fuerza, respeto o poder ante sus compañeros por lo que nadie tendría más autoridad e influencia que los mismos compañeros para exhibirlos. La exposición pública y el repudio entre iguales puede hacer mucho más que decenas de acciones cocinadas entre padres, maestros y autoridades al margen de los protagonistas.

El uso de la palabra es también formación en y para la democracia. Nuestra cultura, reforzada por la educación como se imparte, sigue creando mexicanos sumisos, reprimidos y obedientes que ya como adultos seguimos siendo presa del acoso y los excesos lo mismo de autoridades que de pillos y delincuentes.

El uso de la palabra nos permite resolver los conflictos, discutir, clarificar, reparar daños, tomar conciencia y asumir las consecuencias… Todos devenimos mejores cuando pedimos la palabra, la damos, la tomamos o simplemente nos escuchamos en las voces de otros. El gran valor de este ejercicio radica en que entre los niños, sus voces son escuchadas con mayor interés que las de los adultos. Al hablar los niños sacuden conciencias, despiertan iniciativas, propician la participación, promueven el cambio de actitudes y conductas, confirman el camino hacia la armonía de la vida en sociedad y logran más que los adultos, cuyas voces suelen sonar como regaños.

Podríamos iniciar con un salón piloto en cada escuela con miras a transformar el obsoleto sistema imperante de “el maestro habla y el alumno escucha y obedece” por uno donde “el maestro modera y los niños toman la palabra”.

Si queremos jóvenes y adultos fuertes, emprendedores y con iniciativa, debemos empezar por cultivar en nuestros niños su autoestima y seguridad desatando en ellos esa fuerza formidable que provoca el que se apropien de la palabra


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