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Hablar en público, una habilidad subestimada

“El que tiene la verdad en su corazón no debe temer jamás que a su lengua le falte fuerza de persuasión”

         John Ruskin, escritor, crítico de arte, sociólogo, artista y reformador social británico

 

Tendría yo unos 17 o 18  años, cursaba la preparatoria en la Universidad La Salle en la Ciudad de México, éramos poco más de 40 alumnos en el salón y el maestro de oratoria, un militar bajito de voz chillona había decidido que íbamos a ir pasando al estrado por turnos en orden alfabético, la clase se impartía una vez por semana y daba tiempo para que pasaran unos 5 o 6 alumnos, comenzando mi apellido con H quedaba a media tabla y calculaba que a mi me tocaría en unas 3 o 4 semanas.

Conforme se fue acercando la fatídica fecha mi nivel de ansiedad fue creciendo a niveles insospechados, se volvió para mi una obsesión en la que prácticamente mi único pensamiento en la vida era ese día que se acercaba de manera inexorable y me veía haciendo un ridículo de proporciones épicas. Esa clase cobró para mi un interés inusitado, fueron desfilando uno a uno mis compañeros, hubo de todo: los que olvidaban su discurso inmediatamente después de repetir 3 veces la primera frase, los que recitaban mirando al techo y bailando nerviosamente, los que se bajaban sin haber podido articular palabra, otros más que a duras penas terminaban su presentación monotónica con ademanes acartonados. Por más que me repetía que cualquier inepto podría superar sin dificultad esas bochornosas actuaciones, no había remedio capaz de calmar mis nervios, antes de mi había pasado Heredia, un compañero que sin esforzarse sacaba dieces en todo, se le ocurrió hablar mal del PAN y de sus fundadores, habló claro, sin nervios, con lo que me pareció una pedante seguridad.

Mi padre tenía fama de buen orador y le conté de mi apuro y lo que había dicho Heredia ese día pidiéndole consejo, me dio datos de los inicios del partido y sus fundadores así como argumentos para rebatirlo, eso hizo un cambio importante, llegué preparado, con la seguridad que me infundía la información de mi padre… Llegó finalmente el día y el momento, ya no había marcha atrás, el maestro leyó mi apellido y muerto de miedo pasé a lo que para mí era el patíbulo como último orador, en un silencio eterno miré a los ojos a mi auditorio, tome una bocanada de aire, me armé de valor y empecé mi defensa, el solo hecho de hablar hizo que mis miedos pasaran a un segundo plano, no solo dije lo que traía preparado sino que, ya encarrilado con las ideas me sorprendí al final subiendo la voz y levantando mis brazos en ademán desafiante, en ese instante sonó la campana de salida y mis compañeros se pararon y me aplaudieron mientras el maestro me miraba con una sonrisa aprobatoria.

Es probable que más de uno de los que están leyendo estas líneas hayan pasado alguna vez en su vida por una circunstancia similar. Es ahora que me doy cuenta que hablar en público no tiene por que ser así, la palabra es un don maravilloso, debiera ser una habilidad natural que desarrollemos como caminar o practicar alguna disciplina deportiva, una competencia básica que debiéramos utilizar con una destreza similar a la que tenemos con nuestros teléfonos inteligentes y computadoras o cualquiera de nuestras aficiones.

La palabra hablada es una fuerza sumamente poderosa que nos puede desnudar delatando nuestras dudas y debilidades o enriquecer nuestras convicciones moviendo a la acción, es a través de ella que compartimos nuestros proyectos y convencemos a los demás de que son posibles, que comunicamos nuestros sueños, externamos nuestros sentimientos, compartimos nuestros ideales o reclamamos nuestros derechos.

Por desgracia los mexicanos hemos vivido una historia que nos ha enseñado más a escuchar que a hablar, más a obedecer que a dirigir, más a aceptar que a proponer, más a callar que a reclamar, más a guardar que a compartir. Es tiempo de voltear a ver a los niños y proponerles desde temprana edad, en la escuela y en la casa, ejercicios que les permitan desarrollar estas habilidades indispensables. En Sofut, proyecto que traemos los empresarios de los Pueblos del Rincón para la atención preventiva a la infancia, hemos propuesto que después de cada sesión de futbol, se sienten los niños en círculo y cada uno de ellos tome la voz para presentarse, comentar los incidentes del día o platicarle a sus compañeros sobre un tema en particular, es así como entre risas y aplausos se irán familiarizando con esta fundamental habilidad que sabemos les ayudará a ser mejores personas y construir una mejor nación.

Javier Hinojosa

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1 de agosto 2016


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