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¿Endeudarse o no endeudarse?

“Ser o no ser, he ahí el dilema”                                

del Hamlet de William Shakespeare

Contraer una deuda no es algo que en si mismo sea bueno o malo. Si no nos endeudáramos, muchos de nosotros no tendríamos la casa en la que vivimos, el auto que conducimos o el refrigerador que utilizamos cotidianamente. Yo como tantos, gracias al “fabuloso mundo del crédito” como lo llamaba mi padre, pude comprar mi primer Vochito, mi primera casa y las primeras máquinas que fueron la semilla de la empresa que dirijo y que, gracias a los apoyos bancarios he podido crecerla hasta lo que es hoy en día.

También se de muchos que han caído en la espiral sin fondo del endeudamiento y viven permanentemente preocupados ante el acoso de los acreedores y esclavizados por el peso de las deudas adquiridas, lo mismo individuos que empresas, municipios, estados o países. La muestra más clara y dramática de lo que le pasa a una nación sana y poderosa cuando maneja sin prudencia sus finanzas es Estados Unidos con sus 17 trillones y contando de dólares de deuda pública que pone a todo el sistema financiero mundial al borde del colapso.

Un banquero notable me comentaba que para otorgar un crédito, no importa de quien se trate, se fijan en dos cosas: los flujos y las garantías, los flujos para saber que tendrás dinero para pagarlo y las garantías para asegurarse de que si algo te sale mal el banco podrá malbaratar tus propiedades para cubrir el adeudo.

El Estado y los municipios son más que sólidos sujetos de crédito para los bancos por el valor de sus propiedades y la solidez de los flujos de índole muy diversa con que cuenta: las partidas federales fijas y seguras etiquetadas para obras, los ingresos propios por pago de impuestos y contribuciones, los excedentes de ingresos que por concepto de predial se pueden conseguir al ampliar y actualizar los registros catastrales, los ingresos por servicios que prestan los municipios como agua y recolección de basura, etc.

Baste decir que por cada millón salido de estos conceptos que le ofrezcamos por ejemplo a Banobras en pago anual en créditos a 15 años al 5%, podríamos obtener 10.5 millones para invertirlos ahora.

Pero quizá la pregunta más importante que tenemos que hacernos es qué haríamos con el dinero prestado. En su célebre libro “Padre Pobre Padre Rico”, Robert Kyosaki nos habla de la importancia de poner el dinero en activos que produzcan y no en pasivos que solo se gastan y consumen, nos cuenta como el padre pobre malgasta su dinero en pasivos y se queda pobre, mientras que el padre rico invirtiendo en activos va acrecentando su fortuna.

En el caso de municipios y gobierno es necesario hablar en términos de rentabilidad social para hacer hoy las obras con sentido social que dignifiquen y humanicen nuestras ciudades y escuelas, obras que incidan en la mejora de la calidad de vida de todos, evitando caer en el frecuente error que cometen hoy en día las administraciones dilapidando recursos y contrayendo excesiva deuda pública para pagar autopistas urbanas y supercarreteras de cuestionable impacto social y que desde mi punto de vista deberían realizarse con esquemas de participación privada en donde los automovilistas que así lo deseen paguen por el lujo y la comodidad de conducir sin detenerse.

Aunque los bancos tienen muy claros los límites o el “techo” al crédito de manera que el deudor utilize tan solo una proporción reducida y razonable de sus recursos en el servicio de la deuda, es necesario ser extremadamente prudentes y austeros para evitar caer en la adicción y los excesos que fácilmente se generan una vez que se abren las puertas al endeudamiento, y desde luego impedir los abusos de quienes se enriquecen ilícitamente dejando tras de sí arcas vacías y deudas abultadas sin obras visibles, tales rufianes deberían recibir castigos ejemplares para escarmiento de todos.

La maravilla de los créditos es que nos permiten disfrutar hoy algo que de otra manera tendríamos que ir armando poco a poco y a pedacitos, el ejemplo de una casa construída al pasito no es diferente al de las escuelas que, contando con recursos escasos, pero fijos y seguros se gastan también al pasito, en “manitas de gato”, cuando la necesidad de contar con escuelas dignas y de calidad es inminente.

Decidirse a contratar con prudencia y transparencia créditos blandos y a largo plazo para construir las obras que se requieren ahora puede ser el camino para transformar a Guanajuato en el gran hogar digno, competitivo y decoroso que merecemos todos sus moradores.

          

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